An excerpt from my short story "2050" was published in the San Francisco Chronicle on September 6, 2020

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or read the entire story in English and Spanish:

2050

 

The cherry tree buds blossomed on February 15, 2020 as if waking up to an unprecedented reality. The strawberry flowers, however, did not want to share their whiteness in March. The lizards that sleep under my house's deck and lounge in June, came out of their den invited by a blazing April sun. In May, the owl would arrive at 5:00 in the afternoon looking at the sun in its eyes and leave at 5:30 in the morning greeting the sun face to face. Confused, he would try to explain to me what was happening, but I could only hear: "hoo, hoo, hoooo."

 

In June, spiders, impatient Penelopes, desperately built and rebuilt their webs, and, like Pushkin did in the 1830 pandemic, I, too, started to write frenetically.

 

I started writing upon hearing the first birds' songs. One day, I found the oil paints, watercolors, pastels and charcoal pencils that were patiently waiting for me in a forgotten drawer, and I started to paint in the early afternoons. Another sunny afternoon, I started to read again the 550 books I had collected when people believed in dictionaries and would go to those places called "bookstores."

 

At night, I tried to decipher the exact duration of each quaver, semiquaver, and demisemiquaver Ludwig, Frédéric and Franz hung in parallel clotheslines, and tried to drizzle them into the 1903 grand piano.

The potato and the spinach plants sown in June 2020 still produced a respectable harvest, and Clara, the old goat, would not give milk anymore--only melancholy stares --

 

Through the large window, I observed grand, lush, protective trees and birds fluttering their wings absentmindedly.

 

Thus, I spent serene mornings writing, quiet early afternoons painting, afternoons and sunsets among "tertulias" with Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Vallejo and Neruda, conversations with Poe, Emerson, D.H. Lawrence, Whitman, Dickinson and Angelou, et conversations avec Voltaire, Rousseau, Dumas, Zola, Camus et Sagan.

 

On a windy afternoon, when I finished listening to them all, I decided to go outside for some fresh air. The street was empty. It had been empty for a long time. My car did not start. The gauge indicated "empty"...it needed… it needed something called "gasoline."

 

I walked down the hill flanked by eucalypti, pines, and redwoods. They greeted me with their pure and comforting fragrance---the way they would greet John Muir as he roamed these lands. I walked, and walked, and walked until I arrived to downtown Walnut Creek.

 

The beautiful suburb was in ruins! The elegant store windows were smashed and the walls, dilapidated. On the few remaining walls one could still read in big letters--a bit blurred by time and rain: "BLACK LIVES MATTER" and "NO JUSTICE - NO PEACE." Forgotten, in a corner a red, frayed baseball cap read: "MAGA." Suddenly, I remembered there were riots in June 2020 and that COVID-19 decimated half of the world's population; the other half, finished off. Co-dependency to cell phones, I assumed. And I realized I was completely alone in the world.

 

I stopped using cell phones centuries ago because its electromagnetic waves were incompatible with my brain waves. 

I continued walking and saw the digital sign at a local bank:

 

3:00 PM

3 MARCH 2050

 

and I felt lonelier.

 

I walked aimlessly until I arrived at the Walnut Creek Public Library. It was intact! As if wanting to remain a witness to a past overwhelmed by nostalgia--nostalgia of the time when people would read books and get together to have coffee and a good conversation.

 

The glass door, that knew me well, welcomed me. The books smiled at me and my eyes clouded by tears, could hardly discern a silhouette. Ho-ling was sitting on a chair in a corner flooded by the sun rays that filtered through the immense glass wall.

 

He was reading The Plague by Albert Camus. Slowly, he raised his eyes and told me,

 

-I just got here too! I didn’t want to leave home because I was afraid people would still blame me for the "Chinese Plague."

***     

                                                   ©2020 Mónica Tapiarené    

My sincere thanks to my copy editor, Allison Tubio, for helping me avoid lacunas [lexical gaps] in the English translation of "2050"

A continuación, la versión en español de "2050"

2050

Los capullos del cerezo se abrieron el 15 de febrero de 2020 como despertándose a una realidad inusitada. La flor de las fresas, sin embargo, no quiso compartir su blancura en marzo.  Las lagartijas que dormían debajo de la terraza de mi casa y que salían a disfrutar del calor de junio, salieron de su guarida invitadas por un sol abrasador en abril. 

En mayo, el búho llegaba a las 5 de la tarde saludando al sol de frente y se iba a las 5:30 de la mañana siguiente con el astro rey en la cara. Confundido trataba de explicarme lo que pasaba, pero sólo le entendía: bu, bu y ¡bú!

En junio, las arañas, Penélopes impacientes, tejían y destejían sus telarañas desesperadamente y como hizo Pushkin durante la pandemia de 1830, yo también me puse a escribir frenéticamente.

Comenzaba a escribir al escuchar los primeros cánticos de los pájaros.

Un día encontré las témperas, acuarelas, carboncillos y tizas pastel esperando pacientemente por mí en un cajón olvidado y desde entonces, empecé a pintar al mediodía.

Una tarde empecé a releer los 550 libros que coleccioné cuando la gente creía en los diccionarios e iban a estos sitios llamados “librerías.”

Por las noches trataba de descifrar la duración exacta de cada corchea, semicorchea, fusa y semifusa que Ludwig, Federico y Franz habían colgado de cinco cordeles e intentaba esparcirlas en un piano de cola de 1903.

La planta de papa y la de espinacas que plantamos en junio del 2020 todavía daban sus redondos y sus verdes frutos, y Clara, la vieja cabra, ya no daba leche—sólo miradas melancólicas.

A través de la ventana veía árboles verdes, frondosos, protectores.  Veía pajaritos revolotear y cantar despreocupadamente.

Y así pasaba las mañanas serenas escribiendo, las tardes quietas pintando, y los crepúsculos violetas entre tertulias con Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Vallejo y Neruda, “conversations” with Poe, Emerson, DH Lawrence, Conrad, Whitman, Dickinson and Angelou, et conversations dans le salon avec Voltaire, Rousseau, Dumas, Zola, Camus et Sagan.

Una tarde, cuando terminé de “escucharlos” a todos, decidí salir a tomar un poco de aire fresco. La calle estaba vacía. Lo había estado por un largo tiempo. Mi carro no arrancó.  El indicador decía “vacío” ---le faltaba……creo que le faltaba algo que le llamaban “gasolina.”

 

Bajé la colina flanqueada por eucaliptos, pinos y “redwoods.”  Me saludaron con sus fragancias puras y reconfortantes, tal como lo hicieran con John Muir cuando merodeaba por estos lares.  Caminé y caminé y caminé hasta llegar al centro de Walnut Creek.

¡La bella ciudad estaba en ruinas! Las vitrinas de las tiendas elegantes estaban rotas y las paredes, dilapidadas.  En los pocos muros que quedaban, se podía aún leer en letras grandes pero un poco borradas por el tiempo y las lluvias: “BLACK LIVES MATTER” y “NO JUSTICE-NO PEACE.”  Olvidada en una esquina, una gorra de béisbol roja, deshilachada y sucia, decía: “MAGA.”

 

Recordé que en junio del 2020 hubo disturbios y que la pandemia del COVID 19 arrasó con medio mundo. Deduje que la otra mitad de la humanidad habِía desaparecido debido a la extremada codependencia a los teléfonos celulares.

Y me di cuenta de que estaba completamente sola.

 

Yo había dejado de usar mi celular hacia siglos porque su frecuencia electromagnética no era compatible con las ondas de mi cerebro.

 

Caminé y encontré el cartel digital de un banco que decía:

 

3:00 p.m.

3 March 2050

Y me sentí más sola aún.

Desorientada, seguí caminando y llegué a la biblioteca pública de Walnut Creek.  El edificio estaba intacto—como si hubiera querido ser testigo de un pasado cargado de nostalgia—nostalgia de cuando la gente leía libros y se reunía “a tomar un café bien conversado.”

La puerta de vidrio, que ya me conocía, me dio la bienvenida. Los libros me sonrieron y mis ojos nublados de lágrimas apenas pudieron percibir una silueta. Veo a Ho-ling sentado en una esquina iluminada por los rayos del sol que se filtraban por el gran ventanal. Estaba leyendo La Peste de Albert Camus. Lentamente levantó la mirada y me dijo:

-Yo también acabo de llegar.  No salía porque estaba asustado de que la gente me siguiera echando la culpa de la “Plaga China.”

***

OTRO  CUENTO

2020

Me desperté una mañana de abril con un dolorcillo en la rodilla derecha, souvenir de un accidente de ski.  Mi cama estaba vacía, y la calle, desierta.

Arrodillado junto a la ventana, Oscar examinaba un insecto que yacía inerte en el lintel.  Me acerqué y noté que el insecto estaba enrollado cual caracola--cabeza adentro-tórax enroscado--Atlas diminuto--sobrellevando el peso del mundo o una insoportable congoja.

No habíamos visto uno de éstos en muchos años.  Mi corazón se enroscó como el cuerpo del espécimen.

Miré a Oscar.  Oscar me miró. 

 

Y entre asombro y tristeza, nos dimos cuenta que ante nuestros ojos yacía, sin vida, la última abeja que quedaba en el mundo.

2020

I woke up one April morning with a slight pain on my right knee, a souvenir from a ski fall. My bed was empty and the street, deserted.

Kneeling by the window, Oscar examined an insect that laid motionless on the window pane.  I approached the window and noticed that it was curled like a conch-shell--head pointing inwards--coiled thorax--Lilliputian Atlas--carrying the weight of the whole world or an unbearable grief.

We had not seen one of these in years.  My heart coiled like the specimen's body.

I looked at Oscar.  Oscar looked at me.

And with astonishment and sorrow, we realized that in front of our eyes, it lay, lifeless, the last bee left in the world.